Cuento Impulso. Mirada de Olivo.

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Fotografía procedente del blog “gastronautasforales.blogspot.com”

Oslev, Un nuevo Anillo para la Orden.

El niño se sentía mal y su entorno no comprendía la situación. Llevaba unos días bastante nervioso y ni él mismo lograba entender las razones. Posiblemente fuera así la vida, o

él mismo. Pero en sus amigos no veía esa preocupación, esa carga, esa inseguridad que le nublaba las percepciones y le convertía en un niño lento, inseguro y triste. En esos momentos, admiraba cómo sus amigos cometían fechorías y las comentaban con orgullo y descaro entre ellos. Eran alegres, insolentes y desafiaban constantemente a la vida. El, sin embargo, se sentía distinto y espectador de la película de su vida.

Se daba cuenta de que no era capaz de permanecer concentrado hasta acabar las tareas del colegio, que no lograba enterarse de las explicaciones en las clases porque a través de las ventanas ocurrían cosas distintas y la espalda de su compañero del pupitre de delante era enorme y sentía cómo podía llegar a vivir en una de las costuras de su jersey. El niño no sabía cual era el significado de la palabra control, ni qué alternativas existían para ser como los demás. Todo fuera de él era velocidad, cambio sin razón, bombardeos de información sin orden, un caos vital y ni siquiera sentía ganas de sobrevivir; desconocía que de eso se trataba.

Diez años más tarde, la velocidad del entorno iba en aumento y su círculo de relacionas era un poco más parecido a él mismo. Como era lógico, sus relaciones eran para con jóvenes sin vocación clara ni definida, rebeldes sin causa, desafiantes constantes, personas encantadoras pero dolidas de cómo la realidad les había tratado, incomprendidas y reactivas, ni siquiera exigían porque sentían que no tenían derechos. ¿por que el resto de la sociedad lo tiene todo tan claro?.. su futuro, sus tareas, ¿por qué tienen serenidad para acometer sus obligaciones?.. Entonces, es cuando empiezan a desarrollar una parte de su capacidad, la creatividad. Despiertan al mundo su auténtico potencial, bestial pero desequilibrado; peligroso porque además sienten ganas de venganza, de justificación ante la incomprensión de toda una vida, de pérdida de una infancia. Además, en plena revolución hormonal, su comportamiento se exagera y se desequilibra totalmente.

Oslev ya había madurado. Décadas más tarde, tenía una mirada comprensiva, compasiva, cargada de razones, sabia y muy serena. Sus ojeras estaban cargadas de emociones atascadas durante muchos años, pero ya empezaban a destilar briznas de sentimientos. Empezó a comprender algo de lo que le había ocurrido en su etapa anterior, pero su entorno seguía creyendo que de pequeño fue un desastre de niño, tímido, lento, desordenado, retraído y muy nervioso, incapaz de crear nada con sentido en la vida. A los 45 años, Oslev había alcanzado una gran dignidad, y unos grandes deseos de justificar su existencia a través de lo que había supuesto para él su salvación. Todavía sentía una gran repulsa por esa parte de la sociedad que no comprende ciertas actitudes de las personas, incapaz de entender que a un niño hay que decirle que tiene un papel protagonista en la vida y tiene que creérselo. Pero, gracias a Dios, había descubierto a tiempo cómo luchar, qué herramientas emplear, qué causa defender con ahínco, porque tenía mucho que decir todavía. Llegó la hora de disfrutar, de saborear la razón de ser de su existencia, la de ayudar a los incomprendidos a través de una gran fortaleza que había cristalizado en él a lo largo del sufrimiento de su vida.

Tras su jubilación, rememoró la última etapa de su vida. Los éxitos cosechados no habían conseguido apartarle de una realidad que tenía mucho que mejorar. Oslev era una persona cargada de razones para enseñar, cargada de fortaleza para transmitir con la mirada, autorizada para acariciar sintiendo compasión, con grandes surcos en el alma que en su día escocieron desgarradoramente y que consiguió adornar sembrando semillas se sándalo. Hoy, el sándalo huele y no empalaga, atrae y tranquiliza porque desprende rocío de esencias y transmite calidez y comprensión.

Hoy, cogido de su mano, su mirada también huele y me dice que se va con una gran satisfacción porque, después de todo, consiguió emprender una batalla que duró décadas y de la que finalmente salió victorioso. Ese, su último dia, su mirada tornó olivo viejo, brillante el tronco, sinuoso y misterioso, oscuro, profundo e inmenso y me decía que su gran miedo en la vida, que cada día merodeaba por su alrededor, amenazante y acechaba su serenidad, era el de morir sin haber siquiera intentado luchar. Oslev, moría victorioso, no sólo porque ganó, sino porque lo intentó.