Dígame…?

Era fácil caer en la tentación de saborear las sensaciones del éxito, sólo tenía que dejarse abrazar, relajarse y disfrutar de lo dulce del momento y de lo fácil y glamuroso que sería el porvenir. Lo intentó, empezó a disfrutar de la situación, a interiorizar los halagos y los abrazos del poder, de las promesas de amor y compañía pero, algo se torció de repente.

Algo en el subconsciente se encaró y le reprochó su actitud. Sintió súbitamente la obligación de mirar hacía atrás y de recordar sus inicios, el sufrimiento de tener que luchar por sacar la cabeza desde la nada. Su respiración entonces cambió, sus latidos cabalgaban poderosos hacía sensaciones de orgullo por la batalla que dio origen a un carácter noble, aguerrido, que busca lo que es justo y que no se rinde hasta lograrlo.

Afortunadamente, su mente no supo acomodarse a las sensaciones de comodidad y relajación que otorga el éxito. A fuerza de luchar, había adquirido unos hábitos de entrega generosa en la batalla de conseguir lo que él entendía que era justo. Además, a lo largo de los años, había generado unos poderosos hábitos que le permitían sacar fuerzas de flaqueza en los momentos mas duros, provocando la admiración en su entorno e incluso temor y un gran respeto, el que otorga el sacrificio, el esfuerzo y la generosidad de compartir las victorias y beneficios.

No era momento para celebrar, sino para seguir luchando por numerosas injusticias y por conseguir retos futuros. Rememoró esa etapa angustiosa, humillante al principio y profundamente dolorosa al ver con sus propios ojos que su familia pasaba frío y hambre. Habían pasado veinte intensos años, dolorosos y sacrificados, que ahora no sentía tan largos. Los recordaba en un suspiro, en un pequeño paréntesis vital y se le hacían breves incluso.

Sin embargo, su mirada sigue transmitiendo integridad, e informa de que no eludirá ningún combate para conseguir justicia. Se levantó con los ojos llorosos, descansado y orgulloso de tener un corazón que acaricia la mejilla de quien sufre. Descolgó el teléfono para contactar con quien estaba seguro de querer descubrir el camino desde la angustia de la desorientación, porque, además, en él veía las mismas marcas que deja el sufrimiento de la lucha constante por la defensa de los suyos. Mientras tecleaba el número, ciertos pensamientos le empujaban hacía el temido rincón interrogador en el que, una vez tras otra, resonaba la pregunta.

Pero ahora sentía autoridad para responder desde la serenidad y la tranquilidad que otorga haber salido victorioso de una batalla justa y sin víctimas, por una causa salvadora de almas. Empezaba a somatizar la respuesta y ahora ya se limitaba a responder con el brillo de su mirada.

Dígame…?

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