¿Liviano? ¿Para qué no?

Se preguntaba por la razón de su vespertino bienestar. Se encontraba ligero, liviano, pizpireto y sonriente. Además, llevaba unos días con gran poder de concentración, lo que le permitía no solamente avanzar todas las tareas más eficazmente, sino tener en mente la secuencia de las mismas, lo que le reportaba perspectiva y sensación de avanzar hacia sus objetivos. Eran de esos días felices sin razones aparentes, donde creatividad y riesgo eran constantes.

Pero lejos de pensar en ello, sentía profunda curiosidad por las razones de esas sensaciones tan ansiadas en otros momentos. Estuvo haciendo repaso sobre los posibles factores y recorrió posibilidades como una posible óptima digestión, alguna buena noticia o algún detalle que haya captado mi mente errante y que inconscientemente haya levantado expectativas de éxito. O quizás el clima, que aquella mañana no era ni demasiado calurosa ni húmeda… podían ser tantas cosas… Lo cierto es que llevaba unos días con gran poder de concentración, seguridad en sus actos y en sus relaciones sociales, bienestar físico y solvencia mental, pero además, ganas de sonreír por algún motivo oculto. 

¿Podría ser aquel estado algo parecido a la felicidad? Era posible. Dicen que lo determina lo que denominan la SAL (seguridad, amor y libertad), la conjunción óptima de tres necesidades psicológicas. Pudiera ser, porque se sentía seguro en sus relaciones con las personas de su entorno en el trabajo y en su ámbito social y también percibía más cariño y mejores señales en las personas que le rodeaban, o al menos, comprendía mejor las razones de sus gestos y sus sentimientos. Y también sentía la libertad de hacer aquello que había planificado con anterioridad y que a buen seguro le conduciría a su visión, a su objetivo anhelado. Además lo hacía con determinación y a buen ritmo, que le reportaba un subidón en su autoestima. 

Quizá fuera eso, el rumbo conocido, la ubicación de su destino elegido, las coordenadas de su éxito y la certeza de que avanzaba pasito a pasito a cumplir su misión. 

Lejos quedan ya aquellos días en los que se sentía como el pescador que trata en solitario de sortear la tempestad en medio del océano, sin saber hacia donde orientar la proa de la embarcación y sólo con la prioridad de no naufragar, esperando y deseando que la tormenta pasara de largo. Pero una vez que pasaba, la desazón de la paz silenciosa y solitaria irritaba sus pensamientos, al recordar que en ningún puerto le esperaban. 

Gracias a que ahora navega decidido hacia su objetivo, sorteando a veces nubarrones e iracundas tempestades, pero con la proa siempre dirección a su puerto.

Siempre le gustaron las personas que fijaban si mirada en el horizonte, por dos razones. Una era que la linea del horizonte siempre fuerza a levantar la barbilla a la vida y a adquirir perspectiva y hacer acopio de alternativas y oportunidades, además de conectarle con el universo. Y la otra porque rompe la dinámica en la que cae el ser humano de dialogar con su mente errante, a la que tan a raya hay que mantener. Lejos quedan aquellos días en los que deambulaba por el mundo cabizbajo y sin ambiciones, mirando sólo las ruedas de los coches, las piedras, los zapatos, los escalones, etc. En los que se sentía pequeño y solitario, perdido en esos encuadres tan rutinarios pero tan infinitos. Pero al fin veía las ramas de los árboles, los pájaros cantando, las nubes, los cielos naranjas y rojos, los aviones, las estrellas, el sol y la luna. Y no sólo veía, sino que también oía el viento, el ruido de las hojas, los grillos, el discurrir del agua… y también sentía el tacto de las manos  y las caricias imaginadas… y el sabor del afecto y la compasión en lugar de la amargura del rencor, el resentimiento y la desconfianza.

El sólo se sentía hoy mas cerca de la felicidad, porque estaba orientado a su puerto, donde le esperaban más de los que habría imaginado, para descansar de un viaje más ligero de lo imaginado, precisamente porque ya conocía el rumbo. 

Sólo le preocupaba que desaparecieran las causas que le habían llevado a un estado tan feliz y sentía cierto miedo ante la amenaza de una nueva desorientación que convirtiera la esperanza en soledad y resquemor.

Qué cerca sentia el puerto y qué feliz la travesía y qué rápido se evaporaba todo al pensar en el futuro. 

Qué más da! Quizá por aquella recién adquirida costumbre de centrarse en el hoy, se sentía tan liviano.

Gracias por estar.

Os dejo con un video de Suso Leiro, a quien por cierto, quisiera entrevistar para este blog. Un alma errante que encarna muchas cosas buenas y que ha navegado en solitario por gran parte del planeta.

 

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