Observar los nudos del alma

Es bastante sorprendente escuchar a personas decir que no creen en nada más que aquello que puedan ver y tocar. Sorprendente por la ausencia de lugar a la duda, algo (la duda) que me inunda desde que nací. Aseverar, sin espacio al debate y sin darse permiso a la sorpresa, al misterio o a la curiosidad, que somos este cuerpo y la vida es solo lo que percibimos con nuestros sentidos, es cuando menos eso, sorprendente.

Sin embargo, desde los principios de la humanidad, lo que nos transmiten los grandes iniciados de la historia, es que el ser humano está compuesto, al menos, de espíritu, alma y cuerpo físico, mental y emocional. Como viene siendo habitual en este blog, me gustaría comentar algunas reflexiones acerca de las emociones y la relación con el alma.

La autoconciencia es la base y primer estadio para lograr una adecuada destreza emocional. Explorar y descubrir los pormenores de nuestro cuerpo emocional es el primer paso para llegar a manejar con éxito unas relaciones sociales e influir positivamente en la sociedad, llegando incluso a mejorar esa polaridad energética que generamos. Y en este sentido, repito una vez más la inscripción de en el templo de Apolo, en Delfos, “Hombre conócete a tí mismo y conocerás a la humanidad y a sus Dioses”. Desde el principio de la humanidad, ya nos dejaron claro que el primer y más importante paso es conocernos y amarnos a nosotros mismos, para proyectar armonía, tal y como predicaba el gran Pitágoras y que tanta relación guarda con San Francisco de Asís y algún otro iniciado.

Conocerse a sí mismo implica una labor cotidiana, hábitos asumidos de exploración y observación y un entrenamiento constante, que no debemos tomarnos como castigo, sino como un alimento para no abandonar ese plácido lugar de la presencia, donde tanto bueno abunda. Se trata de un trabajo interior, nada reconocido, sin pompa y alaracas, en silencio, mediante la observación y la experiencia de sentir, escuchar, intuir la energía propia y la de nuestro entorno.

La sociedad en la que estamos inmersos no deja de ser una corriente energética compuesta por la manada de todas las almas. Pero, ¿qué son las almas? ¿De dónde vienen? ¿A dónde van?, ¿Por qué se alojan en nuestros cuerpos?¿Para que?¿Qué reacción guardan con nuestro cuerpo?. Son muchas las cuestiones que se presentan, a poca que sea la curiosidad  que uno tenga. Nos quedaremos en la última de las preguntas para disertar un poco sobre algunos aspectos de la relación con nuestro cuerpo. No cabe duda que debe haber alguna relación entre alma y cuerpo y por tanto, debe existir alguna forma de diálogo. Sin embargo, en nuestro espectro, solo podemos apreciar aquella parte del diálogo tangible, salvo que nos iniciemos en un camino del que hablaremos. ¿Qué signos delatan ese diálogo? Los síntomas. Nuestro cuerpo es receptor de ese diálogo y en él se manifiestan esas expresiones del alma y por tanto, debemos permanecer alertas a estos signos.

Cuando espiritu, alma y cuerpo, tanto mental, emocional como físico, están perfectamente alineados, la enérgica del ser fluye sin obstáculos, mejorando notablemente nuestra calidad de vida y salud. Sin embargo, cuando existen desajustes, cuando existen conductas incongruentes, quizá motivadas por experiencias que a su vez forjaron creencias ineficientes o inadecuadas, surgen estados inarmónicos, trayendo la enfermedad al cuerpo. Ya en el siglo VI adc, Pitágoras sanaba a los enfermos mediante una terapia que buscaba armonizar el ser con sí mismo y con el universo y no dudaba en utilizar la música para ello. Una de las grandes cuestiones que suelen provocar estos estados inarmónicos son aspectos relacionados con la misión o propósito de vida. Desconocer nuestro propósito o permanecer ajeno a él, provoca gritos de nuestro alma, quien ha venido a evolucionar y no duda en hacerse notar, si fuera preciso.

Por tanto, estos gritos, estos síntomas, no dejan de ser joyas, aliados que nos avisan de desviaciones y por tanto, deberían avisarnos para disponernos a escuchar las indicaciones de corrección de ruta, hasta alcanzar ese estado de gracia que se deriva de esa armonía entre las partes de nuestro ser. Un síntoma, que pudiera tener forma de enfermedad, trastorno psicosomático, etc, conforma pues un gran HITO en la vida, un susurro de nuestro alma que llama a nuestra puerta para ser escuchada. Cuando el alma llama a una puerta de una manera tan clara, es un acontecimiento que ocurre muy pocas veces en la vida y por tanto, debería tratarse de una fiesta, un acontecimiento trascendental y por tanto, deberíamos predisponernos para escuchar, haciendo parar toda la maquinaria vital que en la que estamos sumergidos.

Este momento es comparable a un embarazo. De igual manera que cualquier mujer embarazada se prepara para vivir ese periodo maravilloso hasta el alumbramiento, todos deberíamos prepararnos para escuchar lo que nuestro alma nos quiere contar. Ese proceso de escucha tiene un periodo de maduración similar al de un embarazo, pero al final de ese periodo siempre alumbraremos su mensaje  un nuevo estado de gracia, una trasmutación. Por tanto, un síntoma es una maravillosa oportunidad de alcanzar un estado evolucionado de gracia.

También disponemos de instrumental para ese alumbramiento. Necesitamos encarar a ese alma que nos quiere contar algo y debemos darle confianza y adquirir consciencia de  esa relación mutua. Normalmente, cuando algún síntoma se manifiesta, es normal que nos agitemos en mayor o menor medida, sin embargo, es preciso:

  • No actuar de manera reactiva, ni siquiera hablar ni comentar, sino quizá solo observar, esperar y sentir. Sintiendo, tomaremos consciencia de todas las partes involucradas y esto nos permitirá identificar aquello que nos hace bien y aquello que provoca desajustes.
  • Aflojar, sentir, amar, abrazar, soltar, permítete sentir que te derramas, como el agua.
  • No dudes en desaprender. No todo lo que almacenamos es adecuado. Mucho de lo que hemos aprendido a lo largo de nuestras vidas nos sobra e incluso nos perjudica, es más, diría que nos sobra casi todo. No necesitamos nada para este nuevo camino.

Eso sí, el alma tiene sus alimentos preferidos, a través de los cuales desarrolla su presencia y permitiendo ese aumento de energía vital:

  • La respiración consciente: el estrés diario en el que nos sumergimos cuando nos rodeamos de tareas provoca que abandonemos la respiración adecuada, centrándola en la parte alta del abdomen. Sin embargo, la respiración principal debe nacer desde el bajo vientre y tendría que completar el curso completo con respiraciones largas y no contenidas y cortas. Cuando dormimos, sí realizamos inconscientemente el ciclo completo de respiración. Realizar ejercicios de respiración es un gran alimento para nuestro ser y la puerta de entrada a un nuevo estado.
  • La meditación: mucho se ha escrito de este ejercicio o disciplina. Plasmar aquí algo de este erjcicio es una quimera. Solo animo a todos a empezar a experimentar momentos íntimos con atención a la respiración, intentando sortear cada pensamiento que sobrevenga como el que sortea las nubes que pasan ante nuestros ojos. Solo así podremos adentrarnos en el arte de observar a la mente, lo que nos reportaría grandes beneficios a nuestra existencia.
  • Jugar, creatividad, espontaneidad: una actitud creativa y muchas veces infantil, ayuda a abandonar muchos miedos que paralizan nuestra existencia. La risa, el juego, provoca que nuestro cerebro segregue endorfinas que desencadenan estados de bienestar físicos que provocan al tiempo ciclos armónicos.
  • La oración: si durante miles de años se han escrito las bendiciones de la oración, no seamos soberbios y al menos, exploremos esta vía. Tras un periodo significativo, podremos comprobar los beneficios de este maravilloso canal de comunicación directa con nuestro espiritu.
  • Movimiento corporal, deporte y ejercicio físico. El deporte y ejercicio físico provoca que el cerebro genere dopamina, mejorando la gestión energética corporal.
  • Viajar: conocer abre la mente y nos ayuda a conectar con nuestros orígenes como ser humano. Evolucionamos y por tanto enriquece nuestra perspectiva vital. Permite vivir situaciones de todo tipo, ejercitando la práctica de las posiciones perceptivas, poniéndonos en la piel del prójimo al iniciar un sinfín de nuevas relaciones con personas desconocidas. Descubrir nuevas culturas permite reconocer nuevas formas de afrontar la vida y nos hace más humilde al reconocer en otras sociedades formas de vida más inteligentes en muchas ocasiones.

Sin estos alimentos, es fácil que el alma enferme y provoque nuevos síntomas en el cuerpo, que muchas veces tienen forma de seriedad, depresión, apegos varios y comportamientos materialistas e inconsciencia e incapacidad para auto observar. Hay que tener claro que atraemos lo que somos y hacemos. La ley de la atracción es una ley universal e indiscutible, vigente desde los inicios de los tiempos y que ahora resurge gracias a varios “best seller” que lo han enfocado a aspectos como el dinero, etc.. “Semejante atrae a semejante”; esto no es una teoría sino una constatación del refrán: “Dios los cría y ellos se juntan”.

La necesidad y obligaciones del ser humano de evolucionar, motivo por el que existimos, nos obliga a ser protagonistas de nuestras vidas: “Capitanes de nuestras almas” como decía Nelson Mandela. Habría que pasar de víctima a gestor de nuestra experiencia del ser.

Me gustaría comentar una reflexión de Juan Pablo Rey, destacado psicólogo argentino, en relación a los nudos o padecimientos humanos. Los clasifica en tres:

  1. Temor: existe en el pensamiento, en un plano mental.
  2. Sufrimiento: existe en la emoción, en el plano emocional, como tal se expresa.
  3. Dolor: Existe en el cuerpo, en el plano físico.

Y como terapia, nos aporta un eficaz recordatorio: Escuchar, recordar y aplicar. Quien escucha, acalla los ruidos de las emociones, quien recuerda, moldea los pensamientos y quien aplica, triunfa sobre el temor del sufrimiento del dolor del cuerpo.

Propone la AUTENTICIDAD, como antídoto a estos tres nudos. Recobrar la autenticidad entre lo que pensamos, sentimos y hacemos, cura fisica, emocional y mentalmente. Por eso, no existe tarea más noble y liberadora que conocernos a nosotros mismos, tal y como dice la inscripción en el primer portal del templo de Apolo en Delfos. Además, en el segundo portal del templo, aparece la inscripción “Hombre pruébate a tí mismo en el mundo”. Solo puede probarse a sí mismo aquel que se conoce a sí mismo.

  1. Temor, mente: Mediante el correcto pensar llega la autenticidad mental y se manifiesta en paz, lo cual no significa no luchar, sino vencer en nuestras contiendas particulares, estabilizar y florecer ser barriendo lo que no es propio y auténtico.
  2. Sufrimiento, emoción: Mediante el correcto sentir, alcanzaremos autenticidad emocional que se manifiesta en la felicidad, que recobra su propio linaje y regresa a  su propia fuente. La emoción auténtica recobra el señorío sobre el espacio, recapitulando su propio paraíso y no el otorgado por otros.
  3. Dolor, cuerpo, físico: mediante el correcto actuar se alcanza la autenticidad física, alcanzando la salud y la abundancia. Salud de quien permanece igual a sí mismo más allá de las circunstancias. Salud es permanecer igual a sí mismo. Yo auténtico recobro el señorío sobre las formas, amparándose en su propia potencia.

La finalidad de todo tratamiento psicoterapéutico es simplificar la vida para vivir mejor. Simplificar la vida es simplificar el laberinto en el que nos encontramos y una vez simplificado, la salida se encuentra en el mismo lugar en el que se gestó el laberinto.

De allí la metáfora mítica del hilo de Ariadna, el cordón dorado procede del espíritu y rescata al alma de cada uno. el espiritu ofrece al alma la salida a toda situación humana, de allí que la práctica espiritual está amparada en que cada uno encuentre su propia linea sagrada. La linea sagrada propia se reconoce por la búsqueda y el hallazgo de ese cordón dorado. El espíritu rescatando al alma y ofreciéndole la salida a toda situación.

El propio Eckhart Tolle se refiere al “Cuerpo dolor” emocional en su análisis del sufrimiento y sugiere que el dolor acumulado es un campo de energía negativa que ocupa tu cuerpo y tu mente. Puede estar activo o latente y que cualquier recuerdo o vivencia pueda activarlo, aunque resuena especialmente con el pasado. Pueden tener forma de leves molestias o convertirse en auténticos asesinos que incitan al suicidio al anfitrión.  Entonces, se hace vital observarle en uno mismo y puede que cualquier señal de infelicidad despierte este cuerpo dolor en cada uno. Busca sobrevivir y alimentarse y persigue que el anfitrión se identifique con el este cuerpo dolor, apropiándose del anfitrión y generando el propio dolor del que se retroalimenta.

Sin embargo, se llegas a ser consciente de él, este se disuelve sin más. Teme la luz de la conciencia. Puede parecerte un gran monstruo, sin embargo, se trata de un fantasma insustancial incapaz de de prevalecer ante el poder de tu presencia. La mejor manera de combatirle es observarle y permanecer atento, entonces, cualquier identificación se disuelve. Ser testigo y observador (presente)es retirarle su alimento y vencerle.

San Pablo expresó un principio universal relacionado con esto: “Todo se muestra cuando queda expuesto a la luz y entonces, también se convierte en luz”. No hay que permitir identificarnos con la mente. Caer en este error es permanecer inconsciente e identificarse con algún patrón emocional o mental, con ausencia de observador, convirtiéndose en pastos del cuerpo dolor.

Sin embargo, la atención consciente pone en marcha el mítico proceso de transmutación. El dolor se convierte en combustible para la llama de tu consciencia que arde con fulgor. Este es el significado esotérico del antiguo arte alquímico: la transmutación de los metales inferiores para convertirlos en oro. O del sufrimiento a la consciencia.

mente observadora