Y esa actitud, ¿por qué?

Sería fácil decir que la actitud marca la diferencia en las personas. Pero habría que tratar de ser más preciso al hablar de ella. Cuando se dice que una persona muestra una actitud negativa, se está dando a entender que actúa deliberadamente de una forma desidiosa, cuando pudiera ser que su actitud fuera consecuencia de factores que no dependen directamente de él o que no sabe cómo gestionar.

En este apartado interviene el grado de autoconocimiento que tengamos de nosotros mismos. Cuanto mas consciencia tengamos de todo lo que nos rodea y de nuestra posición relativa, mayor grado de comprensión obtendremos para garantizar conductas adecuadas, saludables y constructivas. La inteligencia emocional es clave a la hora de analizar las reacciones que tenemos ante determinados estímulos y proporciona los recursos necesarios para mejorar conductas.

Para tener cierta consciencia, es necesario disociarse de las situaciones a fin de adquirir perspectiva y ecuanimidad. Por ejemplo, un hincha del Atlético de Madrid está plenamente asociado con su equipo en la final de la Champions y es lógico que sus conductas sean algo arbitrarias, a la hora de enjuiciar jugadas. Sin embargo, el arbitro debe disociarse de la situación para no perder la ecuanimidad e imparcialidad. Si el Atlético terminara la final perdiendo, el hincha saldría del campo abatido y, por el contrario, el arbitro saldría orgulloso de su labor durante la final. Anímicamente, el hincha tardará algún tiempo en recuperarse del disgusto y muy posiblemente daría muestras de malestar en otros ámbitos.

Lo que más me llama la atención sobre este concepto es el borde del precipicio sobre el que se suele mover. Es difícil mantener constantemente niveles de actitud positivos, puesto que todos somos humanos y en determinados momentos sufrimos épocas más decaídas. No obstante, está demostrado que tener la sensación de control de nuestro tiempo y objetivos, retro-alimenta considerablemente nuestra actitud y redobla nuestra motivación, entrando en una espiral virtuosa.

Percibir que llegamos tarde a nuestros compromisos, que no terminamos nuestras tareas, que dejamos de ser tenidos en cuenta para determinados trabajos, etc, provoca daños serios en nuestra autoestima y entramos en una espiral negativa a la que es necesario poner coto cuanto antes. La mente es bastante astuta y tiende a mantenernos dentro de nuestra zona de confort en todo momento. Es una gran ahorradora de esfuerzos y nos lanza mensajes constantemente para que no nos esforcemos y abandonemos nuestros objetivos.

En mis maratones, por muy bien que fuera la preparación, en determinados puntos kilométricos, mi mente empezaba a bombardearme con mensajes derrotistas e incluso con dolores, recuerdos, etc. Pone toda su maquinaria en marcha para evitar que los recursos del cuerpo bajen de los niveles de reserva. De hecho, cuando más sufre el cuerpo es cuando se agotan las reservas habituales y debe empezar a fabricar otro tipo de alimento para los músculos. Es el temido “muro“, momento en el que la mente te declara la guerra para que pares.

Cuando llega el muro, es clave tener un objetivo claro y conocer el trayecto lo más nítido posible. Son momentos de imponer un solo mensaje a nuestra mente: “voy a conseguirlo”. Es habitual dudar de todo y la probabilidad de abandono aumenta considerablemente, dejándonos a la deriva, sin rumbo, sin objetivos y a merced de los objetivos de los demás. En caso de claudicación y abandonar la carrera, la mente empieza a justificarse: “no te preparaste bien, te falló la alimentación, debiste beber en cada kilometro, el tiempo no me acompañó…” Se trata de nuestros amigos la culpa, la queja, la víctima y la excusa, quienes provocan un sentimiento muy destructivo en nosotros: el resentimiento es una semilla difícil de erradicar, que crece poco a poco hasta invadir todas nuestras conductas, llegando incluso a afectar a nuestra autoestima.

Este juego mental no está exento de implicaciones fisiológicas que complican aún más el resultado. El cuerpo reacciona a pensamientos, activando glándulas y órganos que responden como si estuviéramos en peligro. Todo este proceso pasa a la memoria, guardando registros que saldrán a relucir en momentos en los que recordemos fracasos anteriores.

Por eso es tan importante que, llegado el momento clave, gestionemos inteligentemente nuestras emociones y juegos mentales, ya que reforzaremos la memoria a la que José Antonio Marina otorga tan relevante papel en las emociones y en el aprendizaje. Dichas conductas constructivas nos ayudaran a sentir que tenemos el control de nuestras vidas. Por eso es tan importantes la disciplina, el control de los hábitos y rutinas, el control del tiempo y la productividad. El tiempo es una variable a la que no solemos dar importancia pero es el único recurso que todavía nos hemos sido capaces de producir, en el mejor de los casos, solo ahorrar. Tener claro el objetivo implica ahorro de tiempo. No tenerlo claro conlleva no solo pérdida de tiempo, sino de una vida también.

Sentir que tenemos el control, genera motivación, incrementa autoestima, segrega neurotransmisores que refuerzan las percepciones mentales, generando registros positivos en la memoria y facilitando estados de felicidad.

Por último, ahondar en dos cosas: las creencias con las que crecemos nos condicionan y sitúan en una parrilla de salida. Contar con creencias limitantes desde nuestra infancia por una educación inadecuada o experiencias negativas complica la situación, sin embargo, se puede trabajar para cambiarlas. Y el siguiente punto es la calidad del objetivo: este es el principal motor cuando las cosas se ponen feas. Tener un objetivo en mente poderoso, de calidad y claridad, ayuda a “seguir palante” en esos momentos en los que caminamos por el filo del desfiladero.

Os dejo una foto que tomé a la orilla del río Tajo. La vegetación y el reflejo sobre el agua provoca que se diluyan ambas imágenes y se confundan los puntos de vista. Los objetivos en mente, clarifican el camino.

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